Sabemos que la corrupción es un fenómeno global, independientemente de si un país es pobre o rico, si se ubica en el Sur o en el Norte, si hay una religión dominante u otra, en fin, lamentablemente es un fenómeno universal. Bolivia no es la excepción, por el contrario, la percepción de corrupción que se mide desde Transparencia Internacional cada año mediante el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) nos muestra como uno de los países más afectados.
Esto no se debe a que sea un problema que traemos incorporado de nacimiento, desde luego que no, lo que observamos es que la fortaleza de nuestras instituciones democráticas nacionales y subnacionales, sean posiblemente el factor más determinante de por qué hay más o menos corrupción en nuestro país. Si bien tenemos en el país un sistema político democrático que en mayor o menor medida funciona en lo electoral desde hace algunas décadas, con elecciones dirigidas, manipuladas y fraudulentas, la institucionalidad democrática es frágil y está sujeta a la manipulación política de grupos de poder que representan o representaron a la izquierda, a la derecha o a logias constituidas.
El ejemplo claro fue el gobierno de Evo Morales que representaba a los intereses de los narcos cocaleros del Chapare y el de transición de Jeanine Añez que representó a una sarta de corruptos surgidos de partidos de oposición al MAS, que llegaron al poder únicamente con la finalidad de satisfacer sus ambiciones personales y enriquecerse en poco tiempo con los recursos públicos. En nuestra medición de percepción de corrupción estos gobernantes, en ese orden, son los que obtienen la peor nota.
No es un país pobre, o por lo menos no lo era hasta hace dos años. Con gran riqueza en recursos naturales y una clase media extendida gracias a las familias beneficiadas principalmente por los negocios surgidos y amparados por una justicia ciega, permisiva y sumisa completamente al poder ejecutivo, permitiendo de una manera casi legal: el narcotráfico, el contrabando, la corrupción y otros ilícitos que generaba nuevos ricos de la noche a la mañana.
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O sea, la pobreza no podría explicar los altos niveles de corrupción. Estos niveles en tal alta proporción, más bien se entienden por la captura casi total de las instituciones por parte de los grupos afines y de confianza de la presidencia de turno, disfrazados de políticos en el poder.
Cuando la justicia, las autoridades electorales, la Contraloría, las fiscalías, la prensa, las fuerzas de seguridad, el legislativo, etc. responden a la política partidaria no hay contrapesos reales y efectivos al poder casi absoluto del Ejecutivo y el partido político en el poder. En un ambiente como este, la corrupción es cuando crece sin límites.
La institucionalidad frágil no es lo único que fortalece la corrupción, también un tema particular que llama la atención es la actitud de las personas, de la ciudadanía para que lo entendamos mejor. La mayoría de las veces los bolivianos nos vemos como víctimas de la corrupción, como si fuera un mal inevitable ante el cual no podemos hacer nada. Esto es falso. La corrupción no es una enfermedad terminal ante el cual no podemos hacer nada por tratarse de la fuerza divina, es un fenómeno humano. Hay cosas muy simples que podríamos hacer. La más simple, por ejemplo, dejar de votar por individuos corruptos.
Nos llama la atención como en las últimas elecciones votaron por políticos o partidos que tienen casos comprobados de corrupción, como, por ejemplo: Luis Arce Catacora quien es cuestionado por haber sido 13 años ministro de economía de Evo Morales, quien autorizo y aprobó desembolsos para el Fondo Indígena, Empresa Neurona, caso Zapata y muchos otros. También el caso de Carlos Mesa involucrado en el caso Lava Jato boliviano. O el caso de Demócratas, apuntado como un partido corrupto con gente corrupta. Así, los ejemplos se repiten en todos los departamentos, en elecciones locales o nacionales. Es un absurdo al cual podríamos ponerle un alto de manera simple, votando por gente transparente y honesta.
¿Qué pasa con la impunidad? Sería la pregunta adecuada para hacernos, lastimosamente esta se campea gracias al poder judicial que es cooptado por el gobierno de turno, hoy por hoy, el gobierno a través de su justicia masista pretende castigar a los corruptos de un gobierno transitorio que duro 11 meses, queriendo hacer creer a la población, que la corrupción de 14 años de un gobierno campeón del robo, de asesinatos, de narcotráfico y de mucha, pero mucha corrupción, nunca existió y que los únicos corruptos a los cuales no se los dejara en la impunidad es al clan de Añez y de Murillo. Una justicia completamente corrupta y manipulada.
Desde luego, que, para atacar esté mal en Bolivia, no hay una solución única (ojalá la hubiera) sino un conjunto de acciones, pues la corrupción es un fenómeno complejo y que está muy presente en varios ámbitos. La corrupción no se elimina por decreto, sino que se necesitan varias medidas, entre ellas es muy importante tener una infraestructura anticorrupción adecuada, es decir, la institucionalidad de la cual hablábamos antes, con acceso a la información pública efectivo, sanción efectiva a los corruptos, el respeto al principio de pesos y contrapesos entre instituciones del estado, y protección adecuada a quienes denuncian corrupción. Solo así podríamos ir mejorando para desterrar esta maldición.
La novela de la corrupción a la boliviana continuará, el gobierno te incitará a no robar, ya que odian la competencia, porque saben muy bien que la honradez es digna de elogio, aun cuando esta no reporte utilidad alguna, ni recompensa, peor algún provecho.
Sus principales actores: Arturo Murillo será el ladrón más grande que existió; Evo Morales será el indígena MAS honesto; Quintana el contrabandista MAS perfeccionista; Arce Zaconeta el abogado MAS sincero; García Linera el ladrón MAS culto y afeminado; Carlos Romero el pobre MAS rico de los masistas; Gabriela Montaño la Doctora MAS intachable; Achacollo la ministra MAS contadora; Arce Catacora el MAS guitarrista de uñas largas y Jeannine Añez la dulce e inocente expresidente.
Si miramos de cerca, nuestra realidad parece una comedia, pero vista de lejos, nuestra política es una tragedia. Muchos aman a los animales porque creen que el cariño de estos es desinteresado, pero se engañan…
