Después de un cuarto de siglo desde su debut en la gran pantalla con ‘Toy Story’, y con veintitrés largometrajes y un buen puñado de cortometrajes a sus espaldas que hablan por sí solos, es tan redundante como innecesario reivindicar a Pixar como una fábrica de cine de primerísimo nivel que, obviando los siempre inevitables patinazos —representados principalmente por las secuelas de ‘Cars’—, se puede asociar sin miedo a la excelencia tanto en términos técnicos como narrativos.
Este dominio indiscutible del uso del lenguaje cinematográfico para dar forma a historias que han tendido a romper con los siempre indeseables tópicos relacionados con el cine de animación, ha ido evolucionando a base de riesgo, ambición, y al perfeccionamiento de ciertos mecanismos que han terminado derivando en una suerte de fórmula —magistral, pero aún así fórmula— similar a las que otras grandes compañías están explotando para favorecer la incesante proliferación de blockbusters franquiciados.



