Unión Europea: la danza de las horas una pesadilla sin fin


Primera modificación:

Como cada año, la noche del sábado a domingo de la última semana de octubre implica cambiar del horario de verano al del invierno. El año 2021 debería ser el del fin del obligado procedimiento, pero ni el Consejo Europeo ni los estados miembros de la Unión Europea quieren mover las manecillas del reloj.



¿Avanzar o retroceder una hora? Millones de personas se la hacen la pregunta dos veces por año, cuando llega el momento de ajustar el reloj a la «hora de invierno» o la «hora de verano». En el primer caso implica retrasar de una hora los relojes; en el segundo, las manecillas avanzan una hora (por eso se habla de que pierde una hora de sueño).  El vaivén de las manecillas debió concluir este año conforme a las recomendaciones de la Comisión Europea, así como del Parlamento Europeo que en 2019 aprobaron abandonar el cambio de horario en el seno de la UE. Pero como muchas otras «recomendaciones» el final del cambio de horario ha quedado sumido en el cajón de la burocracia europea.

La propuesta de poner fin al cambio de horario nació en Bruselas. En 2018 el Parlamento Europeo recomendó a la Comisión consultar a los habitantes de la Unión Europea afín que se pronunciaran sobre si seguía o se ponía fin al cambio de horario. Cerca de 5 millones de personas aceptaron responder en línea (una cifra mínima respecto a la población total del viejo continente que suma más de 500 millones de habitantes). Cuatro de cada cinco participantes se pronunciaron por la supresión del cambio de horario. Quedó pendiente poner en marcha el procedimiento para modificar la regla. La Comisión propuso poner inmediatamente en práctica la decisión, el Parlamento Europeo sugirió hacerlo en 2021.

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En ambos casos las modalidades de la puesta en práctica de la medida quedaban en manos de cada país miembro de la UE, quienes deberían decidir que horario conservaban, sin que eso altere las relaciones con sus vecinos. El ejercicio, de suyo complicado, quedó colgado en el limbo. La aparición en 2020 de la pandemia del coronavirus cambió las prioridades y nadie quiere ahora embarcarse en un proceso que, sin duda, puede provocar mayor descontento.

En efecto, los países de la UE se extienden sobre tres horarios diferentes, de manera que cuando en Londres es cero horas, en Finlandia son las dos y en Polonia las tres. Los países del Sur, «mediterráneos» son favorables a la hora de verano en tanto que los «nórdicos» prefieren la hora de invierno. En ese marco los que más aprovecharían el horario de verano son los restaurantes, bares, o las empresas ligadas al turismo. Por el contrario, quienes trabajan en la construcción o los transportes no son de la misma opinión.

Hasta ahora ningún país de la UE ha notificado a la Comisión Europea cuál es su decisión sobre el horario que desea conservar. Ese vacío se explica entre otras cosas por el hecho que corresponde a los ministros de los Transportes de la UE armonizar la propuesta de horario antes que se aprobada definitivamente.

Sobran los estudios que muestran las perturbaciones físicas y psicológicas que produce sobre las personas cada cambio de horario. Alteración del sueño, mayores accidentes, pérdida de atención entre estudiantes menores de edad, etc. Incluso los agricultores de distintos países han demostrado cómo el cambio de horario perturba la digestión del ganado. Pero todo eso pesa poco a ojos de las autoridades europeas frente al desafío de rehacer un rompecabezas con múltiples aristas;

Fue en la década de los años 1970, tras los choques petroleros de 1974 y 1979 que los estados europeos adoptaron poco a poco una «hora de verano», además de la «natural» hora de invierno. El objetivo era ahorra uso de energía aprovechando que es entonces cuando hay más luz. Gran parte de ese criterio es ahora cuestionado. La «economía de energía» ha perdido importancia como consecuencia de las nuevas tecnologías, como la generalización de los sistemas de alumbrado de bajo consumo de energía.

Radio Francia Internacional