Transitemos por el sendero de la dignidad, el amor propio y al prójimo.
Optemos por el mejor camino, el del medio, esto es, evitando los excesos o extremos, incentivando el estudio, pensamiento reflexivo, critico, analítico y creativo, en vez, del fanatismo y la pontificación.
Hay un camino medio, entre los extremos de la indulgencia y la autonegación, libre de dolor y sufrimiento. Es el camino de la paz, de las libertades, del dominio propio y del progreso.
Promovamos el sentido común en lugar del culto al aprendizaje memorístico (repetir como loro porque algo está de moda o porque simplemente todo el mundo, así lo hace, sin antes razonar).
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Es menester más sinceridad y empatía, menos: egolatría, resentimiento narcisista, venganza y desprecio a los demás.
Basta de tanta retórica del victimismo pues lo políticamente correcto es lo moralmente incorrecto, al extremo de que existen quienes, colocando a la gente como pretexto, luchan con una serie de promesas y proyectos fenomenales para ingresar a la administración pública y de esta manera pretenden asegurar sus ingresos económicos por varios años (convirtiéndola en una agencia de empleo y de viajes); y, una vez que han conseguido los cargos, resulta que alzan las manos para pedir acompañado de la misma cantaleta de siempre: “todo está podrido y en crisis”, culpando a los predecesores en vez de ponerse a trabajar en corregir dichos problemas sin estropear a la gente y a su propiedad privada.
Huyamos de los camelos de las encuestas, la polución de la mensajería masiva virtual, la distracción, las propagandas del odio y el miedo, las cortinas de humo, la desesperanza y las frivolidades.
Obviemos, por un lado, la idolatría al Estado; y, por el otro, apartémonos de aquellos cuentos o patrañas: a) de ver a los políticos como gobernantes infalibles (siendo que estos fácilmente pasan luego a ser infames); b) creer que existen líderes políticos mesiánicos (quienes para comunicar algo andan arropados de funcionarios a sus espaldas además se consideran dueños de la verdad, irreprensibles y ante la crítica o cualquier oposición son propensos en aducir inmediatamente supuestos ánimos desestabilizadores y emitir palabras incendiarias); y, c) de que todos tienen que ser empleados del Estado, viviendo a costa de este mediante la esclavitud de los formales.
En ese sentido, incentivemos la creatividad, la inventiva, la innovación y el emprendimiento, generando y garantizando buen clima de negocios productivos formales y de sana inversión, donde las sociedades se organicen de forma constructiva y próspera, lo cual implica, ser verdaderamente libres de coerción arbitraria, que no exista afectación al «buen vivir» con los despreciables atentados a los derechos y las garantías de las personas, el lawfare, entre otros mecanismos represivos, que son típicas conductas antidemocráticas de regímenes autoritarios, tiránicos y dictatoriales, aniquilando la tranquilidad, la seguridad, la salud, la vida y la integridad física de quienes conforman el pueblo.
Ciro Añez Núñez
