Cuentan las crónicas del 24 de diciembre de 1914 que, en medio del fragor del combate durante la Primera Guerra Mundial, soldados pertenecientes al frente aliado combatían en la frontera entre Francia y Bélgica. En vísperas de la Navidad escucharon cánticos de villancicos navideños interpretados por soldados del ejército alemán, los mismos que habían decidido decorar sus trincheras con árboles y velas de acuerdo a lo que rezan sus tradiciones. Poco menos de seis meses habían transcurrido desde el comienzo de la guerra y el deseo más profundo de los combatientes estaba cifrado en la posibilidad de volver a casa para celebrar la fiesta junto a sus seres queridos.
Las rivalidades que habían desencadenado una verdadera sangría, comenzaron a disiparse durante la Nochebuena, un acto espontáneo promovido por el deseo de paz de aquellos hombres que proclamaron inconsultamente de sus mandos superiores, un alto al fuego. La historia recogería esta fecha como la Tregua de Navidad, tiempo en el cual decidieron interrumpir los ataques y confraternizar intercambiando actividades pacíficas, en un gesto inusual que fue catalogado como un milagro navideño.
La tregua se extendió durante la jornada siguiente, tiempo en el que, los soldados de ambas facciones se juntaron en medio de la franja que separaba sus trincheras y acordaron tomarse un tiempo para recoger a sus muertos y brindarles cristiana sepultura. El resto de la jornada lo dedicaron a confraternizar, intercambiando cigarrillos, alcohol y algún que otro alimento que había llegado desde el hogar de cada uno. Aprovecharon aquel 25 de diciembre para confraternizar jugando partidos de fútbol y olvidándose por completo de la causa que los tenía en aquel teatro de operaciones.
Durante varios meses sólo se había escuchado el temblor de la tierra, el silbido de los proyectiles, las metrallas, los gritos de dolor, gritos de miedo y de impotencia. Alfred Anderson, excombatiente británico fallecido el año 2005, dejó grabado en sus memorias aquel acontecimiento memorable de la Navidad de 1914: “De pronto, las armas callaron y se levantaron carteles en los que se leía «Merry Christmas» o «Frohe Weihnachten». Los bandos enemigos, sobre todo alemanes, austríacos y británicos, comenzaron a deslizarse fuera de sus trincheras. Primero sólo unos pocos; luego, cada vez más, hasta que finalmente fueron todos”.
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Miles de jóvenes soldados se apretaron las manos y se fundieron en un cálido y sincero abrazo, con la esperanza puesta en el fin del conflicto, así podrían conservar la vida para cumplir sus sueños juveniles. Cantaron villancicos, mientras enseñaban fotografías de sus familias y se refugiaban en verdaderas batallas deportivas a la sazón de un partido de fútbol con pelotas improvisadas con algunos trapos y ropas viejas.
Para Stanley Weintraub, los soldados estaban cansados y desmotivados como para proseguir la guerra, sólo cumplían órdenes superiores que amenazaban con aplicar castigos a quienes desobedecieran las órdenes militares, con lo que una vez concluida la Tregua de Navidad, las facciones en conflicto retornaron a sus trincheras para reanudar las acciones bélicas.
La Tregua de Navidad constituye un símbolo de esperanza para la humanidad, mostrando que aun en circunstancias de máxima tribulación por la que atraviesan los hombres, siempre hay una luz que permita alentar días mejores. En cualquier tiempo, en cualquier lugar, como reza la leyenda conmemorativa de aquel suceso histórico, siempre hay: “Una pausa en el odio”.
Se debe destacar la Tregua de Navidad como un acontecimiento extraordinario en medio de uno de los conflictos más sangrientos y brutales de la historia reciente de la humanidad. Las reflexiones y vivencias de los soldados que participaron de aquel suceso histórico, nos permiten analizar acerca de la absurda naturaleza de los conflictos y los efectos devastadores que marcan a sangre y fuego los corazones de los hombres.
Aprendamos a encontrar espacios neutrales en búsqueda de la reconciliación, aun en los momentos más aciagos. Seamos capaces de recordar la esencia misma de vivir en armonía como humanos, en un mundo constantemente asediado por la tensión y los conflictos, llamémonos a tregua, mostrando compasión y empatía con aquellos que más sufren. Quizás de esta manera, logremos superar las barreras autoimpuestas.
Por: Carlos Manuel Ledezma Valdez
ESCRITOR, INVESTIGADOR & DIVULGADOR HISTÓRICO
CONSULTOR – COMENIUS S.R.L. INGENIERÍA DEL APRENDIZAJE
Fuente: eju.tv
