Gritos desesperados: Venganza por amor


 

Cuentan las crónicas del 4 de marzo de 1981 que, en una sala del Tribunal de Justicia Alemán, daba inicio el juicio contra Klaus Grabowski, acusado de violar y asesinar a la pequeña Anna, una niña de apenas siete años de edad. Marianne Bachmeier, madre de la víctima, asistió a la audiencia para escuchar los desgarradores detalles de todo cuanto había acontecido justo un año antes.



Marianne Bachmeier había crecido en el pequeño pueblo de Sarstedt, dentro del Estado de Baja Sajonia (Alemania). Sus padres se habían visto obligados a escapar luego de que Alemania fuese derrotada en la Segunda Guerra Mundial y debido a la participación de su progenitor como miembro del Escuadrón de Protección las Waffen-SS. La separación de sus padres dio paso a que la madre consiguiera una nueva pareja, lo cual obligó a la joven Marianne a buscar apoyo fuera de casa, entre amigos y muchachos de su edad.

Marianne quedó embarazada con apenas dieciséis años, siendo obligada por la madre a entregar el recién nacido en manos de las autoridades para darlo en adopción. El hogar disfuncional del que provenía, sumada a la actitud castrante y manipuladora de su madre, derivó en un segundo embarazo dos años más tarde, siendo nuevamente obligada a entregar a su segundo hijo a servicios sociales para que este también sea dado en adopción.

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Para 1972 Marianne tendría su tercer embarazo, esta vez, del gerente del bar donde trabajaba. Tras varias experiencias amargas de su juventud, incluida una violación, ante la negativa de formalizar la relación y conformar una familia, sumada a la presión que ejercía su madre que pretendía obligarla para que entregue al niño, Marianne decidió tenerla sola.

El nacimiento de la pequeña Anna, llenó de paz la atormentada vida de Marianne, que según declararon las personas que las conocían, “nunca habían visto una madre más dedicada”. Anna se convirtió en su compañera de vida, siendo el motor que impulsaba sus jornadas desde las primeras horas de alumbrar al mundo, convirtiéndose en inseparables, un solo corazón latiendo al mismo ritmo.

A medida que Anna iba creciendo, maduraba y se hacía más responsable, por lo que mientras Marianne trabajaba, la pequeña niña jugaba en la calle, debido además a que las personas del barrio las conocían bastante bien. Vivieron siete años de paz y felicidad, ambas dos enfrentándose al mundo. Marianne era una madre consagrada y dispuesta a brindarle su hija la infancia que a ella le fue negada, sin imaginarse que un carnicero terminaría por arrebatárselo todo.

Klaus Grabowski, un carnicero de 35 años de edad era vecino de Anna y Marianne en la ciudad de Lûbeck (Alemania). El pedófilo había sido condenado por la violación de dos niñas, hecho que le había valido permanecer en prisión por el lapso de un año, siendo conmutada la pena para que se someta a tratamiento psiquiátrico y voluntariamente acepte el proceso de castración química. Para el año 1980, Grabowski se encontraba de novio y con fecha para la realización de su boda.

El 5 de mayo de 1980, la pequeña Anna insistió en no ir a la escuela tras que su madre regresara del trabajo. Sin ánimos de discutir y agotada por atender el turno de noche, Marianne la dejó salir a jugar. Grabowski conocía bien a la niña y con anterioridad ya la había invitado para que fuera a su casa a jugar con sus gatos, sabiendo que la niña no podía tener mascotas.

Posteriormente, llegó a conocerse detalles que fue violada y estrangulada con las pantimedias de su prometida. El cuerpo de la niña fue colocado en una caja de cartón y trasladado hasta un canal cerca de la ciudad, en donde el asesino esperó a que cayera la noche para poder enterrarla.

Luego de volver a casa, Grabowski con rostro desencajado y notoriamente perturbado, contó a su prometida todo lo que había sucedido. Tras una áspera discusión, el hombre salió de casa y fue a tomarse una cerveza. Inmediatamente la prometida, llamó a la Policía y denunció el crimen. Para entonces, Marianne ya había denunciado la desaparición, desencadenándose la tragedia en apenas unas pocas horas.

Mientras se realizaban las medidas preliminares al juicio, Grabowski intentó negar el hecho, siendo irrefutables todas las pruebas y pericias realizadas. Una de sus declaraciones daba cuenta de que había sido la pequeña Anna la que llegó hasta su casa para seducirlo y posteriormente extorsionarlo, amenazándolo con denunciarlo para que lo encierren en prisión, lo cual lo había motivado a cometer el crimen.

Una vez instalado el tribunal, Marianne asistió puntualmente. Se encontraba serena, el rostro limpio y la mirada fija. Asombró a todos su tranquilidad y el aplomo con que manejaba aquellos instantes de tensión máxima, sabiendo que se emitiría una condena al violador y asesino de su pequeña hija de siete años. Ingresó en la sala sin pronunciar palabra alguna y se acomodó para escuchar los alegatos. Así lo hizo durante los tres días en que se desarrolló el juicio.

El viernes 6 de marzo de 1980, llegó al tribunal que estaba casi vacío. Grabowski una vez más fue acomodado en el banquillo de los acusados, quedando de espaldas a ella. Marianne llevaba puesto un abrigo de color blanco con bolsillos a los lados. La mañana había amanecido algo lluviosa y nadie reparó en revisar la vestimenta que llevaba puesta, además de no querer incomodarla antes de que se diera conocer el fallo del tribunal.

Las manos en los bolsillos y la serenidad en el rostro no permitían adivinar cuáles eran sus intenciones. Del bolsillo derecho extrajo una Beretta M1934 de fabricación italiana, adquirida en el mercado negro. Ocho disparos percutieron al interior de aquel recinto, siete de ellos impactaron de forma directa en la humanidad de Klaus Grabowski, quien se desplomó completamente inerte.

Los policías la detuvieron en el acto, mientras Marianne Bachmeier decía: “Cerdo, mató a mi hija. Quería dispararle de frente, en la cara, para que me vea, pero le disparé por la espalda. Espero que esté muerto”. Fue llevada a juicio, la defensa argumentó que el crimen fue motivado por el dolor, aunque se conocieron detalles de que Marianne había estado practicando la manera de sostener el arma, disparar, mantener el pulso firme, los pies separados y mantener la vista en el objetivo. Lo había hecho durante meses, mientras recorría los mismos lugares por donde acostumbraba pasear con su hija.

Fue condenada a seis años de prisión y liberada luego de tres, ratificando el hecho de que ella había decidido vengar la muerte de su pequeña hija, marcando claramente la diferencia entre su crimen y el crimen cometido por Grabowski. Luego de aquello, quedó claro que su corazón había dejado de latir el mismo instante que el de su pequeña y el dolor comenzó a consumirla lentamente.

Pasó mañanas enteras sin deseo alguno de probar alimentos, la fatiga vespertina daba paso a las noches infinitas. La risa de Anna corriendo por la casa alteraba sus sentidos y la alegría de aquellos paseos descalzas por la ribera del río se esfumaron. Los recuerdos se mesclaban con la saliva espesa que se tornaba salada por las lágrimas que brotaban aposta. Finalmente, la muerte se apiadó de ella, con apenas 46 años, el año 1996, Marianne Bachmeier partía al encuentro de su más grande amor. Su último deseo fue, que la enterraran junto a ella.

Los cuestionamientos acerca de la justicia y el dolor, junto a los límites del ser humano para soportarlo y las consecuencias derivadas de este, son temas que permanentemente se encuentran sobre la mesa de debate, sin que por ello se planteen respuestas oportunas para las víctimas.

Carlos Manuel Ledezma Valdez

Escritor, investigador & divulgador histórico