Bolivia sigue discutiendo su desarrollo como si su gran desafío fuera solo económico o político. Pero el país que viene será, sobre todo, urbano. Y eso cambia la conversación. El verdadero reto ya no es únicamente crecer, sino aprender a construir ciudades que funcionen: que conecten, ordenen, protejan y hagan más habitable la vida cotidiana.
El dato que debería obligarnos a pensar distinto es este: para 2030, el 75% de la población boliviana vivirá en ciudades (Banco Mundial, 2025, Bolivia: Resiliencia urbana y adaptación climática para un futuro sostenible). Es decir, en pocos años, tres de cada cuatro bolivianos dependerán de que sus ciudades les permitan estudiar, trabajar, movilizarse y vivir con dignidad. La pregunta ya no es si Bolivia será urbana. La pregunta es si será habitable.
El problema es que en Bolivia muchas veces confundimos urbanización con ciudad. Creemos que una ciudad crece porque se expande, porque aparecen más barrios, más avenidas o más construcciones. Pero crecer no es lo mismo que construir ciudad. Este concepto que no es nuevo, implica ordenar el suelo, acercar vivienda y empleo, conectar mejor a las personas con sus oportunidades y garantizar servicios básicos.
Ahí aparece el segundo dato clave: alrededor del 48% de la población urbana en Bolivia vive en asentamientos precarios (Banco Mundial, 2021, Actualización del Diagnóstico Sistemático de País de Bolivia). Eso significa que una parte demasiado grande del crecimiento urbano no ha producido integración ni calidad de vida, sino periferias, precariedad y fragmentación.
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Por eso, el debate urbano no es secundario. Una ciudad mal pensada no solo genera caos: encarece la vida, roba tiempo, multiplica distancias y profundiza desigualdades. Cuando el transporte desconecta, cuando el agua falla y cuando el crecimiento empuja a miles a zonas precarias, la ciudad deja de ser una plataforma de oportunidades y se convierte en una fábrica de desventajas y costos invisibles.
Eso también exige una virtud política que suele escasear: saber priorizar. Las nuevas autoridades tendrán que distinguir entre lo urgente y lo importante, entre apagar incendios cotidianos y resolver los problemas desde la raíz. Gobernar ciudades no puede ser solo reaccionar al tráfico, al bache, a la inundación o a la protesta del día; debe significar planificar mejor el suelo, anticipar el crecimiento, coordinar servicios y tomar decisiones que eviten que los mismos problemas se reproduzcan una y otra vez. Y aun cuando no sea posible resolverlo todo de inmediato, al menos debería existir una visión integral que permita paliar mejor los efectos/riesgos mientras se corrigen las causas.
Pero pensar Bolivia desde lo urbano no significa olvidar lo no urbano. Al contrario: obliga a entender mejor la relación entre campo y ciudad. Las ciudades dependen del agua, de los alimentos, de la conectividad territorial y de los equilibrios ambientales que muchas veces se sostienen fuera de ellas. Un enfoque serio de desarrollo no debería enfrentar ambos mundos, sino articularlos. Porque una Bolivia más urbana no será viable si crece desconectada de sus regiones rurales, ni si moderniza sus ciudades a costa de abandonar el resto del territorio.
Las autoridades departamentales y municipales recientemente electas, y las que aún se definirán en la segunda vuelta del 19 de abril, tienen un desafío que ya no pueden ignorar: gobernar también significa hacerse cargo de la habitabilidad de las ciudades. Pero hacerlo bien requerirá algo más que gestión de corto plazo: requerirá prioridades claras, visión integral y la capacidad de entender que el desarrollo boliviano del siglo XXI no se jugará solo en los discursos ni en las cifras macroeconómicas, sino en qué tan bien logremos articular ciudades más habitables con un territorio más equilibrado.
Sebastian Crespo Postigo
Economista, MBA & Mgs Dirección de proyectos
