Un espía de Cuba en el corazón del gobierno de Estados Unidos: la historia del falso diplomático Víctor Manuel Rocha


El FBI lo arrestó en 2023 y la condena llegó en 2024: el precio por más de 40 años de traición al gobierno que había jurado servir

 

Víctor Manuel Rocha, quien se desempeñó como embajador de Estados Unidos en Bolivia de 2000 a 2002, aparece durante una entrevista con un agente encubierto del FBI en Miami. Distrito Sur de Florida/Imagen cedida vía REUTERS

Víctor Manuel Rocha, quien se desempeñó como embajador de Estados Unidos en Bolivia de 2000 a 2002, aparece durante una entrevista con un agente encubierto del FBI en Miami. Distrito Sur de Florida/Imagen cedida vía REUTERS



 

Fuente: infobae.com

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La caída de Víctor Manuel Rocha no fue un golpe de suerte, sino el desenlace de una cacería que se extendió durante décadas. El FBI lo arrestó en 2023 y la condena llegó en 2024: el precio por más de 40 años de traición al gobierno que había jurado servir. En un episodio del podcast Inside the FBI titulado Catching a cuban spy (Atrapando a un espía cubano), la agencia reveló nuevos detalles de los años de trabajo encubierto de Rocha para la dictadura cubana y de la investigación que llevó a su caída.

Durante sus años universitarios en Yale, Rocha era un joven colombiano interesado en el comunismo y decidido a apoyar activamente esa causa. Según el podcast del FBI, Rocha afirmó que fue radicalizado durante su estancia en la universidad, influido por el clima político de los años setenta y por el contacto con diversas corrientes marxistas y figuras vinculadas a movimientos de izquierda en América Latina.

Rocha mostró especial admiración por el modelo cubano, que consideraba un ejemplo de transformación social en la región. En busca de un rol activo, gestionó una oportunidad académica en Chile con la intención de ofrecer sus servicios directamente a la causa cubana. En febrero de 1973, se presentó voluntariamente en la embajada de Cuba en Santiago y entregó documentos relacionados con la Revolución cubana, obtenidos en Yale, como muestra de su disposición y capacidad.

Salvador Allende durante un discurso en abril de 1971. Europa Press//KEYSTONE Pictures USA

Salvador Allende durante un discurso en abril de 1971. Europa Press//KEYSTONE Pictures USA

Esta decisión marcó el inicio de su relación con la inteligencia cubana, al ser contactado y finalmente reclutado por un oficial del Directorio General de Inteligencia (DGI) de Cuba mientras se encontraba en Chile. Rocha, que hasta entonces no había considerado la ciudadanía estadounidense, fue persuadido por sus reclutadores para iniciar ese proceso como parte de su primera misión al servicio de Cuba.

Tras su acercamiento inicial, Rocha pasó aproximadamente una semana alojado en un hotel junto a un oficial de inteligencia cubano, quien le instruyó en técnicas de espionaje y procedimientos de seguridad. Rocha llegó a idolatrar a su instructor, conocido como “Aquiles”, un agente experimentado recién llegado de los conflictos en Angola, cuya entrega a la causa y formación ideológica impactaron profundamente en el joven recluta.

Aunque fue entrenado en el manejo de radios, cámaras y dispositivos de ocultamiento, Rocha nunca se sintió cómodo con los aspectos técnicos del espionaje. Prefería los encuentros cara a cara y valoraba más la comunicación directa que el uso de métodos encubiertos para la transmisión de información. Los agentes del FBI describieron su principal fortaleza como su capacidad de adaptación y su habilidad para desenvolverse socialmente en entornos diversos.

Fidel Castro. EFE/Alejandro Ernesto

Fidel Castro. EFE/Alejandro Ernesto

Desde su infancia en Harlem, donde llegó a los diez años, hasta su paso por internados en Connecticut y universidades de la Ivy League, Rocha demostró una notable capacidad para integrarse y ganar la confianza de distintos grupos. Esta habilidad camaleónica resultó determinante tanto para superar investigaciones de antecedentes como para navegar los entornos complejos del gobierno estadounidense sin levantar sospechas en su etapa inicial.

La entrada de Rocha al gobierno de Estados Unidos se produjo ocho años después de su reclutamiento por la inteligencia cubana. Seleccionó el Departamento de Estado como su vía de acceso, en parte porque el proceso de incorporación no incluía el uso de polígrafo, una herramienta de detección que él consideraba difícil de superar dada su escasa habilidad para mentir de manera convincente, según relató a los agentes del FBI tras ser detenido.

Victor Manuel Rocha

Víctor Manuel Rocha

Esta decisión le permitió iniciar su carrera pública sin la presión de mantener una identidad ficticia o una vida doble desde el comienzo de su servicio. A medida que avanzó profesionalmente, Rocha ocupó cargos de creciente relevancia: fue nombrado embajador de Estados Unidos en Bolivia, integró el Consejo de Seguridad Nacional y llegó a ser secretario principal adjunto de la sección de intereses estadounidenses en La Habana.

Su creciente influencia y acceso a información confidencial resultaron fundamentales para el éxito de sus actividades clandestinas. Durante más de cuatro décadas, Rocha logró ascender en la administración pública, consolidando una posición desde la cual pudo recopilar información estratégica para el régimen cubano sin ser detectado por las autoridades estadounidenses.

Una vez integrado en la estructura del Departamento de Estado, Rocha se dedicó a recopilar y transferir toda información que consideraba valiosa para el Directorio General de Inteligencia (DGI) de Cuba. De acuerdo con los testimonios recogidos por el FBI, Rocha mantenía reuniones presenciales con sus contactos cubanos, a quienes entregaba documentos y compartía detalles confidenciales protegidos por el gobierno estadounidense.

El exembajador estadounidense Víctor Manuel Rocha, en una fotografía de archivo. EFE/Orlando Barría

El exembajador estadounidense Víctor Manuel Rocha, en una fotografía de archivo. EFE/Orlando Barría

Su acceso fue especialmente amplio: obtuvo información sobre el proyecto Contra en América Latina, políticas de la Casa Blanca y del Consejo de Seguridad Nacional, acuerdos migratorios, identidades de funcionarios y operaciones del gobierno de Estados Unidos, así como detalles técnicos sensibles. Durante dos décadas, Rocha tuvo la capacidad de transmitir datos que, en caso de ser revelados, podían causar daños graves a la seguridad nacional estadounidense.

El volumen y la variedad de información entregada a sus interlocutores cubanos es difícil de cuantificar, pero las autoridades sostienen que la magnitud de su acceso lo convirtió en una de las infiltraciones más extensas de la historia reciente. Según el FBI, la flexibilidad de Rocha y su carisma facilitaron tanto la obtención de información como la superación de controles internos, permitiéndole operar sin levantar sospechas durante años.

Fotografía de archivo de miembros de la Asamblea de la Resistencia Cubana que sostienen pancartas durante una manifestación exigiendo la "sentencia máxima" para el ex diplomático estadounidense y presunto espía cubano Víctor Rocha, frente al Tribunal Federal Wilke D. Ferguson Jr., en Miami, Florida, EE.UU. , el 9 de abril de 2024. EFE/EPA/Cristobal Herrera-Ulashkevich

Fotografía de archivo de miembros de la Asamblea de la Resistencia Cubana que sostienen pancartas durante una manifestación exigiendo la «sentencia máxima» para el ex diplomático estadounidense y presunto espía cubano Víctor Rocha, frente al Tribunal Federal Wilke D. Ferguson Jr., en Miami, Florida, EE.UU. , el 9 de abril de 2024. EFE/EPA/Cristobal Herrera-Ulashkevich

El impacto de las filtraciones de Rocha fue reforzado por su relación indirecta con otros espías al servicio de Cuba, como Ana Montes y Kendall Myers, ambos condenados por espionaje. Según el FBI, la velocidad con la que el gobierno cubano actuó tras recibir información de Montes en 1985 se explica, en parte, porque Rocha ya ocupaba posiciones clave en la región, primero en la oficina para Honduras y luego como responsable político-militar en ese país.

La inteligencia suministrada por Rocha permitió a Cuba obtener una visión integral de las operaciones estadounidenses en América Central. Esto facilitó respuestas rápidas y precisas por parte del gobierno cubano, lo que, en algunos casos, derivó en consecuencias fatales en la región. Los agentes indicaron que, aunque gran parte de la información era utilizada estratégicamente, los servicios cubanos optaban por no actuar sobre todos los datos para evitar poner en riesgo la identidad de su fuente.

El uso del nombre en clave BUHO para referirse a Rocha complicó la identificación del espía, ya que los registros de comunicación solo incluían referencias entre oficiales cubanos y no directamente con él, a diferencia de otros casos como el de Montes o Myers. Esta estrategia contribuyó a que, durante años, no se lograra vincularlo de manera definitiva con la red de espionaje cubana.

Karla Wittkop Rocha (i), esposa del exdiplomático estadounidense que sirvió como embajador de Estados Unidos en Bolivia, Manuel Rocha, y Jacqueline Arango, abogada de Manuel, salen del edificio de Justicia Federal James Lawrence King donde se supone que comparecerá su esposo en Miami, Florida. EFE/EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH

Karla Wittkop Rocha (i), esposa del exdiplomático estadounidense que sirvió como embajador de Estados Unidos en Bolivia, Manuel Rocha, y Jacqueline Arango, abogada de Manuel, salen del edificio de Justicia Federal James Lawrence King donde se supone que comparecerá su esposo en Miami, Florida. EFE/EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH

La investigación del FBI para identificar a Rocha como agente encubierto de Cuba se extendió durante varias décadas y representó uno de los desafíos de contrainteligencia más complejos para la agencia. Al principio, la búsqueda se centraba en el nombre en clave BUHO, asignado a un funcionario hispanohablante con experiencia en Centroamérica durante los años ochenta, lo que dificultaba reducir la lista de posibles sospechosos.

El equipo investigador recopiló información genérica y debió analizar numerosos perfiles antes de acercarse a Rocha. Durante los años noventa, la pesquisa logró identificar y capturar a otros espías cubanos, pero la conexión directa con Rocha solo se estableció mucho después. Un avance clave se produjo cuando la agencia obtuvo datos que sugerían que Rocha era un agente infiltrado por el DGI, aunque existían dudas sobre la veracidad de esa hipótesis.

El punto de inflexión se dio entre 2022 y 2023, cuando un operativo encubierto del FBI permitió a un agente hacerse pasar por representante del DGI y establecer contacto directo con Rocha. En el transcurso de varias reuniones, Rocha admitió frente a cámara haber colaborado con la inteligencia cubana durante 40 años, relatando detalles de su actividad y expresando lealtad a Cuba y a la Revolución. Este reconocimiento grabado sirvió de prueba fundamental para la acusación.

FOTO DE ARCHIVO. El presidente de Bolivia, Hugo Banzer, le da la mano a Víctor Manuel Rocha, entonces embajador de Estados Unidos en Bolivia, durante una ceremonia en el Palacio de Gobierno en La Paz, el 3 de agosto de 2000. Foto de archivo . DM/JP/HB

FOTO DE ARCHIVO. El presidente de Bolivia, Hugo Banzer, le da la mano a Víctor Manuel Rocha, entonces embajador de Estados Unidos en Bolivia, durante una ceremonia en el Palacio de Gobierno en La Paz, el 3 de agosto de 2000. Foto de archivo . DM/JP/HB

Aunque la confesión de Rocha fue concluyente, los investigadores enfrentaron obstáculos legales derivados del paso del tiempo y de la necesidad de obtener pruebas específicas para sustentar cargos de espionaje. Finalmente, el FBI optó por una estrategia legal alternativa al acusarlo de actuar como agente de una potencia extranjera, lo que posibilitó avanzar en el proceso judicial pese a la prescripción de algunos delitos.

La estrategia legal adoptada por el FBI y la fiscalía permitió que Rocha fuera finalmente acusado como agente de una potencia extranjera, dado que los delitos de espionaje tradicionales enfrentaban limitaciones por el tiempo transcurrido. La fiscalía, con apoyo de un equipo especializado, impulsó un enfoque agresivo que culminó en la detención de Rocha en 2023 y su posterior condena en 2024.

Durante el proceso, Rocha aceptó un acuerdo de culpabilidad en el que se comprometió a colaborar con el gobierno estadounidense. Como parte de su sentencia, recibió una pena de 15 años de prisión, una multa de medio millón de dólares, tres años de libertad supervisada y la obligación de entregar cualquier ingreso derivado de publicaciones vinculadas a sus crímenes o a su carrera en el gobierno. También perdió todos los beneficios de jubilación adquiridos como funcionario del Departamento de Estado.

Un aspecto central del acuerdo fue la exigencia de cooperación activa con las autoridades, incluyendo la evaluación de los daños causados por sus actividades de espionaje. Los responsables de la investigación señalaron que esta colaboración es vital para esclarecer el alcance de la información comprometida y para fortalecer las investigaciones sobre posibles penetraciones aún vigentes en la administración estadounidense.

La revelación de Rocha como espía generó un fuerte impacto en su entorno personal y familiar. Según los agentes del FBI, Rocha expresó arrepentimiento al momento de su sentencia y optó por llegar a un acuerdo de culpabilidad para evitar que su familia fuera sometida a un proceso judicial público. Los investigadores consideran que, aunque Rocha aseguró haber cambiado, su mayor preocupación era proteger a sus allegados de las consecuencias derivadas de su arresto y exposición mediática.

El acuerdo alcanzado permitió limitar la divulgación de información sensible en un juicio abierto, una prioridad tanto para la defensa como para las autoridades estadounidenses. De este modo, se buscó reducir posibles daños adicionales a la seguridad nacional y preservar la confidencialidad de fuentes y métodos empleados en la investigación. La cooperación de Rocha, exigida en el marco del acuerdo, se considera un recurso valioso para las pesquisas sobre otras amenazas o infiltraciones en curso.

El FBI subraya que la detención y confesión no marcan el final de los trabajos de contrainteligencia: la información aportada por un actor como Rocha puede resultar crucial para prevenir o detectar nuevas actividades hostiles contra el gobierno de Estados Unidos.